El que mucho habla, mucho yerra.

Refrán advirtiendo que la locuacidad en una persona la conduce a continuamente errar o, al menos, formular aseveraciones incorrectas. Muchas veces se recurre a él como invitación a aprender a escuchar e interpretar lo percibido, antes de abrir precipitamente la boca y emitir una conclusión errónea.