A palabras necias, oídos sordos.Se reseña que en cierta ocasión se acercó al filósofo griego Aristóteles (384-322 a.C.) un hablantín quien al final de una perorata pidió escusas al sabio por su extensa locuacidad, ante lo cual, se dice, el filósofo le respondió que no había necesidad de disculparse pues estaba pensando en otras cosas y no le había escuchado nada. Coincidiendo con el mensaje de la anécdota, el refrán invita a eludir ofensas verbales o actitudes provocadoras pues sólo buscan el pretexto que justifique una confrontación. Una versión moderna, desarrollada a raíz de la introducción de la energía eléctrica, corresponde a: A palabras eléctricas, oídos desconectados.
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