Todos los caminos conducen a Roma.

El imperio romano se destacó, entre otras cosas, por construir un sistema de caminos de más de 85,000 kilómetros de longitud que interconectaba todas sus provincias con la capital, de tal manera que se podía iniciar una jornada sobre un camino romano en África noreste y alcanzar Roma sin haber dejado de usar un ramal imperial. El refrán -que no sólo prevaleció a la caída del imperio, sino que se extendió hasta el nuevo mundo gracias a que Roma pasó a ser Sede Papal- establece que independientemente del método utilizado siempre se alcanzará la misma conclusión o resultado.